La inoportuna mano de Manuel haciendo « conejitos » sobre mi cabeza parece sostener parte del puente Jacques Cartier, un ícono de la ciudad de Montreal que la une con Longueuil desde 1930 y que es increíblemente atravesado por cerca de 45 millones de vehículos cada año.
Pasarlo a píe para llegar a la isla de Santa Helena, era un deseo de hace rato. Esta vez el objeto era además, buscar un lugar estratégico, que permitiese de manera privilegiada y cómoda, observar el concurso Internacional de Fuegos Artificiales.
Encaramados sobre esta colosal estructura percibimos, como cincuenta metros más abajo el río Saint-Laurent corría a sus anchas, mostrando, cual camaleón, su color del día, siempre diferente e indescifrable. Caminamos a lo largo de un estrecho pasillo embarrotado para evitar a los decepcionados de este mundo, la tentación del último salto.

